Cuando el enojo no es enojo
- Lorena Siqueiros
- 17 jul
- 2 min de lectura
Hay un instante exacto en el que el agua desborda el vaso. No empieza con el roce, ni con el juguete tirado, ni con la última pelea de los niños. Empieza mucho antes. Empieza en el silencio de la mente que no descansa, en esa agenda invisible que memoriza las vacunas, anticipa las rutinas, calcula los faltantes de la despensa y gestiona las emociones ajenas mientras intenta, a duras penas, sostener las propias.
Cuando el grito de «¡YA BASTA!» rompe el aire, lo que sale no es ira. Es el sonido de un cuerpo y una mente que se han quedado sin oxígeno.
Es la sobreestimulación de los sentidos al límite, el agotamiento crónico de pedir ayuda diez veces para terminar haciéndolo una misma, la profunda soledad de notar que la iniciativa es un lujo que nadie más comparte. Es el peso asfixiante de un desorden exterior que refleja el caos interno, y la culpa voraz que muerde cada vez que intentamos reclamar un fragmento de tiempo para ser, simplemente, nosotras mismas.
Sin embargo, el eco del estallido no trae alivio; trae una resaca inmediata de fracaso, tristeza y desesperación. Y el reclamo externo llega como un golpe seco: «¿Por qué siempre estás enojada?».
Qué difícil es explicar, cuando el cerebro está en modo de supervivencia, que ese enojo no es enojo. Es la piel demasiado fina por el cansancio. Es un pedido de auxilio disfrazado de rugido. Es el dolor de llevar una carga diseñada para un equipo, cargada por una sola espalda. Para encontrarnos en esa vulnerabilidad y desmantelar la culpa, necesitamos mirarnos de frente y validar que tener un límite no nos hace malas madres; nos hace humanas.
¿Y si empezamos a mirar el enojo no como una falla del carácter, sino como el indicador más honesto de que nuestras necesidades básicas de descanso, equidad y espacio propio han sido sepultadas bajo el peso de la gestión cotidiana?
Aurora Magaña
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