El derecho a estorbar: La rebeldía de habitar el espacio
- Lorena Siqueiros
- 12 ago
- 2 min de lectura
Vivimos en ciudades diseñadas para la prisa, la producción y el individuo aislado. En este tejido hiperregulado, la maternidad y la infancia se han convertido en una especie de anomalía incómoda. Los niños, en su estado natural, hacen ruido. Gritan, juegan, exploran, se desregulan y habitan el mundo con el cuerpo entero; no son miniadultos adiestrados para el confort de los demás. Necesitan el afuera para crecer sanos.
Sin embargo, la respuesta social ante el despliegue de la vida parece ser el constante recordatorio de que debemos volver al encierro.
En la teoría y en las leyes, las madres y los niños tienen derecho a transitar, a usar el transporte público, a lactar en plazas, a comer en restaurantes y a viajar. En la práctica, cada uno de estos actos se convierte en un territorio en disputa. Se nota en las miradas de reproche en un avión, en los comentarios pasivo-agresivos en un café, y de forma más violenta, en las narrativas de las redes sociales que tachan de "privilegio" o "falta de educación" lo que en realidad son necesidades humanas básicas y derechos de accesibilidad.
Ante la presión sistémica que nos empuja a resguardarnos —a escondernos en la esfera privada para no "molestar"—, la resistencia no puede ser la disculpa constante. No se puede pedir permiso para existir.
¿Qué tipo de rebeldía es necesaria entonces? Quizás una rebeldía que empiece por reclamar el derecho a ocupar espacio, incluso cuando incomode. Una rebeldía que deje de pedir perdón porque un cochecito estorbe en la banqueta, porque un bebé llore en un recinto público o porque una infancia actúe como lo que es: un niño aprendiendo a regularse en un mundo adulto. Ocupar el espacio público con orgullo, con la espalda erguida y sosteniendo la mirada, es un acto político. Es recordarles a las ciudades que las calles también les pertenecen a quienes sostienen la vida, y que una sociedad que no tolera el ruido de sus niños es una sociedad que está cavando su propio vacío.
¿Y si la verdadera rebeldía colectiva consiste en dejar de vivir la maternidad como un asunto privado y doméstico, para empezar a exigir que el espacio público se adapte a la vulnerabilidad, al cuidado y a la crianza, en lugar de obligarnos a nosotras a adaptarnos a su hostilidad?
Esta presión para esconderse genera una culpa muy particular, una sensación de estar "invadiendo" un lugar que se supone que es de todos. ¿Cómo te imaginas, en el día a día de tu propia colonia o rutina, esa rebeldía de ocupar el espacio sin pedir disculpas?
Aurora Magaña
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